oscuridad, ataduras y apeste

Nos disponemos a comenzar la quinta semana del tiempo de Cuaresma, el estrecho final de nuestra preparación para las fiestas Pascuales. Si examinamos las lecturas realizadas durante las últimas semanas, podemos ver que van, in crescendo, preparándonos para el evento. El primer domingo reflexionamos acerca de las tentaciones de Jesús en el desierto. «Si eres el hijo de Dios, haz esto; si eres quien dices ser, haz esto otro». El domingo siguiente escuchamos, durante la Transfiguración en el monte Tabor, cómo se comienza a revelar de una manera más palpable la naturaleza de Jesús. «Este es mi hijo amado, en quien me complazco. Escúchenlo» (Mt 17, 5). Una semana más tarde, nos fijamos en el modo que tiene Jesús de revelarse a sí mismo ante la mujer samaritana. «El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás» (Juan 4, 14). Y, por fin, el domingo de la semana pasada leímos el pasaje en el que Jesús sana a un hombre ciego y dice: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8, 12).
«Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11, 25), nos dice hoy. Para ubicar adecuadamente la escena en el contexto bíblico, debemos comprender que el recién fallecido Lázaro es uno de los mejores amigos de Jesús, si no el mejor. Cuando Jesús conoce su enfermedad espera dos días para visitarlo. Nos podemos preguntar por la razón de aquella larga espera; tratándose de alguien tan amado por Él, parece como si Jesús hubiera esperado hasta que muriera. Así parece planteárselo Marta que, al salir corriendo a recibirlo, le dice: «Señor, si tu hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». En aquellos tiempos se esperaban tres días hasta confirmar la muerte del difunto, y a los cuatro días, el tiempo que llevaba ya muerto Lázaro, se consideraba que el alma había dejado el cuerpo. No quedaba espacio ya para la vida o la esperanza. Ese es el momento en el que llega Jesús para revelar quién es y obrar el milagro, o “signo” en palabras de San Juan. Marta, compungida, oye en boca de Jesús que su hermano iba a resucitar. Ella le contesta que sí, eventualmente, durante la resurrección de los muertos del final de los días habría de hacerlo. Jesús le aclara lo que está a punto de suceder. «No, Marta, yo soy la resurrección y la vida». La resurrección no es tan solo un evento; es una persona.
Este pasaje nos ofrece el versículo más corto de la biblia: «Jesús lloró» (Jn 11,35). Este verbo se traduce en otras partes de la biblia como “lloró fuertemente”. Estaríamos equivocados si pensáramos que se trató de una lagrimita. ¿Cómo habría sido el inconsolable llanto de Jesús como para que los otros judíos lo vieran y quedaran impresionados por «cómo lo amaba!»? Vemos a un Jesús que llora y sufre ante la muerte de un ser querido, ante la muerte de un pecador. A continuación, buscará los restos de su amigo. «¿Dónde lo han puesto?» (Jn 11,34). Podemos intuir que, recordando la manera en la que Dios buscó a Adán y Eva, Jesús se pregunta por qué el pecador se esconde, y se dirige a él.

 La Oscuridad de la Tumba

Hay dos elementos en esta parte del Evangelio que nos invitan a reflexionar. El primero de ellos es la tumba, símbolo de muerte. Jesús se encuentra con la oscuridad y la peste que representa el pecado y la muerte, la misma oscuridad en la que a veces nos vemos sumidos nosotros mismos. En ocasiones podemos vernos atrapados sin deseos de escapar, sin saber qué hacer o adónde ir. La oscuridad de la tumba nos impide ver más allá de nuestras luchas terrenas. La monotonía del trabajo, el cansancio de la vida familiar, la decadencia de nuestra vida espiritual y una yerma vida social— nos hacen vivir una existencia de tumba; como si estando vivos, carentes de alegría, amor y esperanza, nos faltara esa vida.
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Había una vez en un pueblito de Alemania una pareja muy popular que poseía mucho dinero. Se llamaban así mismos católicos, pero no vivían su fe. Nunca encontraban tiempo para rezar individualmente o en pareja; no acudían a los sacramentos ni servían a su comunidad o a sus vecinos; carecían de tiempo para desarrollar y cultivar su amistad con Cristo. Llevaban años queriendo tener hijos hasta que Dios les dio una niña. La quisieron mucho y fue bautizada. Siendo aún muy joven, la hija sufrió una terrible y dolorosa enfermedad, y falleció. La pena de la devastada e inconsolable pareja se transformó en amargura; y su amargura en enojo. Fueron a hablar con el sacerdote.

—Llevábamos años queriendo tener un hijo, y cuando por fin Dios nos da una niña, ¿qué hace? ¡Permite que esta enfermedad se la lleve! Si Dios nos quiere tanto, ¿por qué permite que le pase esto a nuestras vidas?
—Claro que Dios les ama, y el hecho de que se haya llevado a su hija puede ser una señal especial de su amor —les contestó el sacerdote.
—¿¡Señal especial!? No lo creo… ¿Cómo puede ser esto una señal de amor de Dios?
—Escuchen, una vez un buen pastor estaba preparando un festín delicioso para sus ovejas. Después de abrir el corral, se dio cuenta de que no salían. Por más hambrientas que estuvieran, no daban un paso. El pastor les habló y silbó tratando de llamar su atención, incluso les cantó y bailó, pero las ovejas, perdidas, se alejaban más y más del lugar que se les indicaba. Por fin, el buen pastor recogió una ovejita y la llevo hasta el lugar donde estaba aquella comida. Empezó a comer. Cuando las otras ovejitas vieron como aquella comía, se acercaron a compartir el festín. Eso es lo que Jesús ha hecho con ustedes: ha tomado esa ovejita para que ustedes se acerquen al festín. Hasta ahora se han negado a prepararse, a acercarse al banquete que les tenía preparado el buen pastor. Ustedes se han enfocado tanto en las comodidades de esta vida, que se han olvidado de cuidar y preparar sus almas. Ahora se ha llevado a su hija a quien tanto amaban, y lo ha hecho para que ustedes se encuentren y sean inspirados por Cristo aquí en la tierra para que puedan seguir a su hija en el Cielo.

¿Qué hace Jesús ante ese símbolo de la tumba? Nuestro Señor se acerca y pide abrirla. Todavía le advierten ante su actitud. «¿Estás seguro? Lleva cuatro días muerto, apesta». Los que le rodeaban, dudando sobre si podría Jesús lidiar con aquello, abren la puerta de la tumba. Al poco se oye la voz de Jesús: «¡Lázaro, sal!» (Jn 11,43). El evangelista dice que fue un grito fuerte y estruendoso. Debió de ser un grito como el que soltó en la cruz, el grito escalofriante de un Dios que reta y destruye el poder de la muerte.

Ataduras

El segundo elemento de esta lectura que nos puede hacer reflexionar es el estado en el que Lázaro se encuentra cuando Jesús lo llama. El resucitado está atado de manos y pies. Bien podía haberle respondido que no era capaz de salir de la tumba, ¡que se encontraba atado! Efectivamente, ¿cuántas veces podemos caer nosotros en esa tentación? A menudo nos decimos: «no puedo seguir a Jesús hasta que yo sea desatado»; «no puedo escuchar su voz hasta que me liberen». Debemos fijarnos en que solo cuando Lázaro escucha su voz, acude a Él. Tal vez te encuentres atado a una experiencia dolorosa de tu pasado, a una herida o enojo que rehúsas soltar, a una tristeza apesadumbrada o a una adicción. Quizá pienses que aquello a lo que te encuentras encadenado no te permite seguir a Jesús, que incluso te impide percibirlo.

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Sin embargo, lo que Cristo hace en el Evangelio es llamar a Lázaro más allá de atadura alguna. Tal vez cuando tú y yo dejemos de condicionar nuestra fe a esas ataduras y la pongamos en Aquel que llama, las cadenas desaparezcan. Cuando tú y yo soltemos el miedo que tenemos, nos despabilemos y levantemos con todo y ataduras a seguir la voz de Cristo, entonces se obrará el milagro de la vida que tanto ansías. Jesús te está llamando, no solo a pesar de tus ataduras, sino por medio de ellas. ¿Qué fe sería la nuestra si decimos: «Jesús, te seguiré, pero hazme perfecto primero; te seguiré, pero límpiame completamente antes.»?

La Vida

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Jean Baptiste Jouver – The Raising of Lazarus

Solo siguiendo a Jesús encontramos la vida, y nos vemos libres de esas ataduras. Yo te pregunto, y me pregunto a mí mismo: ¿Cómo seguirías a Jesús si no tuvieras esas ataduras?, ¿cómo sería tu vida de cristiano? Una vez que comencemos a concebir esa imagen de vida, de fuerza y de amor, la viviremos sin considerar atadura alguna. Existe para nosotros una oportunidad maravillosa en la que Jesús nos busca como buscó a Lázaro: el Sacramento de Eucaristía. Tenemos momentos y espacios para que Jesús nos sane y libre de esas ataduras en el Sacramento de la Reconciliación. Son estos momentos de Gracia y Vida, pero necesitamos prepararnos y tener el Espíritu en nosotros, tal y como indica la segunda lectura. «Si el espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ti, aquel que lo resucitó de entre los muertos le dará también vida a tu cuerpo mortal.» Para comenzar, hay que abrir el espacio, a través de la escucha y la reflexión de la Palabra, para que ese espíritu habite en nosotros. Debemos volver continuamente a Cristo en los Sacramentos, en nuestra oración y en el servicio a nuestro prójimo. El espíritu que quiere habitar en nosotros, ese espíritu de vida y resurrección, es aquel con el que Jesús clamó a Lázaro. ¡Sal! Se trata del mismo espíritu que nos llama por nuestro nombre. Sal de tu tumba, pues quiere habitar en ti aquello que vence la peste de la muerte, que derrota la oscuridad y deshace las amarras de nuestras ataduras; un espíritu que nos llama a la libertad de los hijos e hijas de Dios.

Vamos a pedirle a Cristo ese mismo espíritu que resucitó a Lázaro. Pidámosle ayuda para escuchar la fuerte y estruendosa voz que nos llama a salir, para dejar atrás todo aquello que nos ata y vivir la gloria de la Resurrección.

 

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