esconderse a plena vista

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A lo largo del tiempo litúrgico hay dos momentos en el año en que pausamos el credo, nos ponemos de rodillas y guardamos silencio, dos ocasiones en las que conmemoramos la intervención directa y personal de Dios en la historia humana. El primer momento reverencia el nacimiento de Jesús, en el que intervino por medio de la Virgen María y del Espíritu Santo. En el segundo, nos arrodillamos para contemplar el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. Estos dos misterios reflejan toda la pauta de la vida cristiana.

A veces, me da la impresión de que nos hemos acostumbrado mucho al misterio de la encarnación. Pensémoslo por un momento: creemos en un Dios que se hizo hombre y que, como nosotros, comió, sintió y lloró; fue un bebé, igual que tú y que yo fuimos. Imaginemos la reacción de los judíos de aquel tiempo: “¿cómo se puede decir que Dios se ha hecho como nosotros, que tiene un cuerpo como los hombres?” Es fácil acabar por enfocarnos tanto en la divinidad de Cristo que olvidemos lo humano que es. Reflexionando sobre este gran misterio, un teólogo de nuestros días comentó:

«Este Dios-hecho-hombre pasó gran parte de su tiempo en la tierra sufriendo de cosas como el cólico, llorando y gritando en la noche sin ninguna razón aparente, privando de sueño a sus (humanos) papás. Llantos, berrinches y mordiscos eran entonces las acciones de Dios, y lo eran tanto como lo habían sido la creación del cielo y la tierra, de los mares y de todo lo que contienen» (Bullivant).

Cuando pensamos en el niño Jesús, tal vez lo imaginemos brillante, casi inmaterial; puede que lo concibamos inmóvil, flotando radiante sobre la tierra. Sin embargo, si realmente creemos que Dios se hizo hombre, entonces Jesús fue un niño humano en todos los sentidos. Un padre de la Iglesia decía que «Dios redimió todo lo que asumió». Y si Dios asumió toda humanidad, todo, entonces, fue redimido. El pensamiento, el corazón, los sentimientos, el cuerpo, el dolor, incluso la sexualidad humana fue redimida. Por amor, asumió nuestro dolor y sufrimiento. Se hizo carne de nuestra carne, lloró y se rió; seguramente, hasta bailó en las bodas de Caná. El misterio de la encarnación de es el de un pintor que ha querido formar parte de su pintura; el de un músico que deviene en una nota de su propia sinfonía: el Creador como parte de su misma creación.

Nuestro Dios es un Dios que se esconde, el Deus abscónditus, a lo largo de nuestro día a día y de nuestra vida entera. La belleza infinita del Señor se oculta tras la belleza de una rosa; y su poder radiante, el amor de Padre, tras un impactante atardecer. Dios se esconde detrás de aquella aroma que revive un recuerdo olvidado. Hay una Presencia Santa detrás de nuestro saborear una buena comida o un buen vino. Su presencia se esconde en un íntimo momento de familia. El amor de Dios—su cuerpo y sangre, su alma y divinidad, su presencia real—se oculta detrás del pan y del vino. Pero también se esconde detrás del dolor y el sufrimiento, incluso detrás de nuestros enemigos. Y es ahí, escondido, donde nos llama a descubrirlo. ¡Pero hay que aprender a descubrirlo! Dios todopoderoso, el Creador de los cielos y de la tierra, se recoge bajo la piel de un bebé para que tú y yo nos podamos acercar a él sin miedo ni temor.

 

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Ha querido ser como nosotros no solo para salvarnos, redimirnos o demostrarnos su amor, sino para enseñarnos el camino de retorno al Padre. Para vivir esa felicidad, Jesús nos dio un ejemplo a seguir, ya no teórico o abstracto, sino eminentemente práctico y concreto. En todas las circunstancias de nuestra vida, en tus tristezas y sufrimientos más profundos, incluso ante las dificultades que crees que nadie puede entender o que no te atreves a reconocerte a ti mismo, ahí se halla Dios. Jesucristo vivió las dificultades y las miserias humanas; y, estoy convencido que Dios se hizo hombre para enseñarnos un camino más humano que el que recorreríamos por nuestra cuenta, un camino de compasión, de misericordia y de perdón. Es un camino difícil. Un cristiano que decide seguir la vida de Cristo en serio se enfrenta a un viaje pleno de dificultades. El ser compasivos y misericordiosos, el perdonar y buscar continuamente la presencia de Dios requiere de reflexión y coraje.

Jesús ha querido venir  a enseñarnos una vida de belleza profunda y anhelo. Todos aquellos anhelos que tu corazón tiene poseen un autor y un destinatario; fueron puestos allí, como pistas de Aquel que se esconde. Esta sed que tienes de trascendencia, amor y belleza es Dios mismo que te llama mediante el misterio de su encarnación. Incluso muchos de los que se llaman “no creyentes” intuyen ya esta santa Belleza que los compele y llama a lo largo de su día. Dime cuál es tu amor más sublime, el más profundo de tu vida, y te diré quién eres. El Papa Francisco, reflexionando acerca de cómo esta Belleza atrae a cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes, dice las siguientes palabras: «Es percibiendo la grandeza y la inmensa belleza que intuyen una presencia de Dios que hace la vida mucho más bella» (LF 35). Entonces, para el creyente, todas las cosas buenas que ama en la vida no son por sí solas, sino que tienen un Autor que las da como regalo de su amor que nos llama. Entonces, esa fresca rosa, el atardecer inesperado, el placer de la conversación me fue dado en ese momento para encontrar Su amor. Ese bello paisaje que me conmueve es Dios mismo, es su santa Belleza llamándome mediante el misterio de su encarnación y el de la belleza de la creación. Todos estos dones son regalos de alguien que nos mira con ternura y nos son concedidos para ser vividos ante su presencia. Así como lo reyes magos supieron descubrir a un rey oculto, a ese Dios hecho carne, caminamos por nuestra vida descubriendo al Dios escondido.

 

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Sin duda, el misterio que más me conmueve personalmente es que nuestro Señor no solamente viniera “a visitarnos” a la Tierra, sino que se haya quedado, todavía escondido, en el  misterio de la Eucaristía. Es un misterio que solo se puede explicar por medio del amor. ¿No te quedarías tú también con tus seres queridos si no pudieras quedarte en tu cuerpo físico? De este modo se quedó realmente Dios a nuestro lado, permaneciendo sacramentalmente con nosotros. El misterio de la Eucaristía es una extensión del amor que Dios nos ha tenido en el misterio de la Encarnación.

Que María nos enseñe a encontrar al Dios escondido en nuestro día, a nuestro alrededor, a Dios-con-nosotros; que nos enseñe a seguir preparando nuestros corazones para descubrir la alegría de una vida vivida bajo la mirada amorosa del Padre.

 

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