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Cuentan que el dueño de un gimnasio local, buscando una manera de promocionar su negocio, decidió lanzar una convocatoria. El hombre que demostrara ser más fuerte que él, recibiría mil dólares. Propuso el reto del siguiente modo: Voy a exprimir un limón hasta que no quede una sola gota. Luego, voy a pasar ese limón al que quiera intentarlo y, si logra extraer de él una sola gota más, le daré el dinero. Fueron muchos los que se apuntaron: levantadores de pesas, atletas y demás gente corpulenta. Uno a uno lo intentaron y no pudieron extraer una sola gota del limón. Un día, llegó un hombre  pequeño y delgado que quería intentar la prueba. Cuando las risas del auditorio se habían calmado después de ver pequeño hombre, el dueño del local sacó un limón nuevamente, lo exprimió y se lo pasó. Con gran atención, los presentes vieron cómo aquel hombre comenzó a apretar el limón y, poco a poco, terminó sacando no una, sino ¡seis gotas adicionales! La gente lo aplaudió y felicitó en un gran alboroto. El dueño, desconcertado, pagó lo prometido. Cuando bajó el volumen de los gritos, le preguntó al ganador: «Bueno, ¿y cuál es el secreto? ¿a qué te dedicas: leñador, levantador de pesas…?». El pequeño hombre volteó y le respondió: «Trabajo para el IRS».

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La ciudad de Jericó en tiempos bíblicos era una ciudad muy rica. Israel estaba conectada por dos grandes rutas de comercio y esta ciudad se encontraba en el centro de una de ellas, lo que la convertía en un próspero centro económico. Su ubicación también la convertía en uno de los puntos de recolección de impuestos más importantes de Palestina. En este contexto, Zaqueo no era sólo un recolector de impuestos cualquiera de esta gran ciudad, sino uno de los jefes. Se trataba de un hombre muy rico y, al igual que aquellos dedicados a la recaudación de tributos en la época, una persona con muy pocos amigos. Y es que, desde tiempos de Julio César, lo que se hacía para recolectar impuestos era someterlo a subasta pública. Los interesados debían convencer al Imperio de que ellos eran los idóneos para el puesto, pagando por anticipado los impuestos a Roma; a continuación, ellos subcontrataban a recolectores que cobraban los impuestos a la población, además de las ganancias que deseaban. Podemos imaginar cómo este sistema se prestaba a muchas extorsiones y abusos, y la persona que desempeñaba esta función era odiada y vista como un traidor a ojos de su pueblo; un judío que había traicionado a sus hermanos en beneficio del Imperio romano. Me imagino cómo sería la vida diaria de una persona como Zaqueo, despreciado en las calles y tachado de ladrón desleal en todo momento.

El tiempo en el que transcurre esta historia del Evangelio es a comienzos de la Pascua. Hay cientos de miles de judíos transitando la ruta a Jericó para pagar sus impuestos y uno de ellos es Jesús. Zaqueo, este hombre que ya había llegado a la cima del éxito en su profesión, ya había oído hablar de Jesús. Y hay algo—no sabemos qué—que lo compele a ir a buscarlo. Tal vez, haya oído hablar de la fama de ese rabino que convive con publicanos, pecadores y recaudadores de impuestos. Quizá, haya escuchado alguna idea su mensaje. Esa fuerza que lo mueve a buscar a Jesús hace que se suba a una árbol para poderlo ver, exponiéndose al ridículo y a la burla. Me pregunto, cuando leo este pasaje, ¿quién, realmente, buscaba a quién? Dice el Evangelio: «El hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10). En medio de toda esa multitud que lo rodea, Jesús está hablando. No hay espacio para nadie más. De pronto, desde el centro de toda esa aglomeración, Jesus se fija en Zaqueo y, mirándolo a los ojos, lo llama por su nombre.

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“Zaqueo,” de Helena Cherkasovas

La historia de Zaqueo es nuestra propia historia; es mi historia, la historia de mi alienación, mi sed y búsqueda. Es el relato de cómo Jesús me llama por mi nombre y me dice: «Baja del árbol porque hoy entro en tu casa» (Lc 19, 5). Jesús buscaba a Zaqueo mucho antes de que Zaqueo comenzara a buscarlo: el deseo de encontrar a Dios estaba latente en su corazón. Este increíble regalo de Jesús que nos busca es el mismo que el de la Santa Eucaristía: Cristo nos dice que hoy entra a nuestro hogar, que se queda con nosotros. En medio de mi miseria, de mis pecados y maldad, Cristo se ha fijado en mí; me ha escogido y quiere entrar a mi casa, a mi trabajo, a mi familia, quiere entrar en mi vida. Y el Evangelio nos dice que Zaqueo responde “lleno de alegría”. Me parece que el punto más importante de esa conversión es que aquel hombre al que nadie respetaba, al que todo el mundo odiaba y humillaba, ve en la mirada de Jesús cómo se restituye su dignidad, llamándolo por su nombre, no por su pecado. ¿Quién busca a quién: Jesús a Zaqueo o Zaqueo a Jesús? Jesús me busca y me rescata, por más perdido que yo esté. En nuestro día a día Jesús nos está llamando y no se da por vencido: te buscará hasta el confín de la Tierra, te mirará a los ojos, te llamará por tu nombre y te dirá que quiere hospedarse en tu casa. Es asombrosa la dignidad que nos ha concedido Dios al ser salvados por Jesucristo, el poder recibirlo en la Santa Eucaristía y que pueda entrar en la intimidad de nuestro corazón y hogar; saber que nos rescata en nuestro pecado por más perdidos que estemos.

¿No es este es el mensaje que nos da la segunda lectura?

«Hermanos, oramos siempre por ustedes para que Dios los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder, lleve a efecto tanto los buenos propósitos que ustedes han formado, como lo que ya han emprendido por la fe. Así glorificarán a nuestro Señor Jesús y él los glorificará a ustedes, en la medida en que actúe en ustedes la gracia de nuestro Señor Jesús y él los glorificará a ustedes, en la medida en que actúe en que ustedes la gracia de nuestro Dios y de Jesucristo, el Señor» (2 Tes 1, 11-2,2).

Jesús ha venido a buscar y a salvar lo que ya estaba perdido. ¿No es cierto que nosotros, por medio de nuestra fe, también podemos seguir buscando y salvando lo que ya dábamos por perdido? Puedes haber dado por perdido tu matrimonio, tu trabajo, la relación con tus hijos y con tus hermanos, incluso la relación contigo mismo, aquellos aspectos de ti mismo que te hacen pensar que “no podrías ser amado así”. Pues bien: Jesús quiere entrar ahí. Hasta lo mas hondo. Quiere entrar en los aspectos que tú ya diste por imposibles, pues para él no hay nada muerto. Basta con que le abramos la puerta a nuestro hogar.

A veces parece que queremos merecer el amor de Dios; que Dios y mi estado actual no son compatibles; que solo cuando sea perfecto, cuando cumpla mis estándares, sólo entonces Dios—y los demás—me podrían amar. Podemos ser muy tacaños con nuestro amor: cuando nuestros hijos no se adecuan a nuestros estándares de cómo debieran ser a nuestros ojos, les entregamos menos amor; cuando nuestros padres no se conforman a nuestro ideal, los reprochamos; cuando nuestro jefe o nuestros colegas de trabajo no son las personas que creemos que tienen que ser, los criticamos y faltamos su respeto; cuando yo mismo veo que no soy aquel que considero que debo ser, albergo odio en lugar de amor. Pero, si verdaderamente creemos que el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido, entonces nada está realmente perdido; entonces Cristo realmente puede traer nueva vida a tus relaciones “perdidas,” a tu matrimonio o amistades “perdidas”, a tu mismo ser “perdido”. Cristo nos pedirá valentía para responder, y tal vez subir unos cuántos árboles; pero él está determinado a salvar lo que se pensaba insalvable.

Y es en aquellos aspectos que vemos como perdidos donde Jesús está deseando entrar y salvarnos. Es en nuestro mismo pecado y en nuestra pequeñez donde Dios nos llama.

Nadie conoce mejor al hijo que la madre. María sabe lo que le gusta a su hijo, aquello que atrae su mirada y conmueve su corazón. Ella lo conoce y es, podríamos decir, el atajo al corazón de Jesus. En este mes en el que celebramos el mes del Santo Rosario pidámosle a la Virgen María que nos enseñe a llegar a Jesus; que nos enseñe a descubrir ante su presencia todo aquello que damos por perdido y muerto, todos aquellos lados oscuros del corazón que rehusamos encontrar, ver y aceptar; que todos esos rincones puedan ser traidos a la santa presencia de Jesús, que vino a salvar y a buscar lo que ya se daba por muerto.

 

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