pablo, el primer millennial

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Hace unos meses, unos amigos y yo fuimos a la ciudad de Austin para asistir a una ceremonia de graduación. Escuchamos el discurso de graduación y comenzamos a platicar más tarde sobre los contenidos de estos discursos. Comentamos que en ellos siempre hay unos determinados temas presentes y aparecen dos elementos clave: el primero, una llamada a que los graduados descubran sus pasiones, sus talentos y dones; el segundo, una exhortación a hacer algo grande con ellos. Uno de aquellos amigos, que tiene estudios en Sociología, comentó que cada generación tiene diferentes cualidades, positivas y negativas. La generación Millennial, por haber crecido en la era digital, rodeados de tecnología, crecemos con un sentido de merecimiento. Decía que una de las cosas que nos caracterizan es el vivir centrados en el yo (esta generación también es conocida como la “Generación Yo”), mientras que otras generaciones, en cambio, se enfocan más en los ideales, como pueda ser el amor a la Verdad, a la Patria, o a las tradiciones—de manera personal, creo que el mejor peor invento de nuestra época es el “selfie stick.” Pero mi amigo apuntaba también lo bueno. Y una de esas cualidades positivas de nuestra generación es el modo en el que valoramos la autenticidad y tendemos a dejar a un lado todo aquello que nos parece postizo o falso.

Precisamente por ello, un reto que tienen mi generación es encontrar la autenticidad en nuestra fe. El problema con el que nos podemos encontrar es que si vamos a Misa y pensamos que no experimentamos o sentimos a Dios en ese preciso momento y como nosotros lo esperamos, podemos “sentir” nuestra fe como algo artificial y postizo. Y esto puede ser un obstáculo real para la fe de una persona y de toda una generación; si no experimentamos a Dios en nuestras propias vidas, podemos huir de Su presencia.

Veamos cómo vive Pablo la experiencia de Dios en nuestra segunda lectura del día. En ella, encontramos a Pablo en prisión, solo. Ha perdido todo lo que tiene y anticipa lo que viene, dice: «He luchado bien la batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe. En el futuro me está reservada la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me entregará en aquel día» (2 Tim 4, 7-8). Pablo es un hombre plenamente consciente de que va a ser sentenciado a muerte. Acaba de terminar su primera audiencia. El tribunal lo escuchó, y Pablo se dio cuenta de su condición: ha sido completamente abandonado, estaba solo. En esa situación hubiera sido muy fácil negar su fe. Podría haber dicho: «¿Saben que? Todo este mensaje de Jesús fue solo un capricho; no estoy preparado para morir por ello. Cambié de opinión», como algunos políticos lo suelen hacer. O podría haber intentado salvarse de una manera más ambigua: «Bueno, ustedes creen en diferentes dioses,: Jesús es tan solo uno más, pero no el único». Pero nunca negó su fe, sino que continuó predicando su fe en Jesucristo en completa soledad. Pablo escribe: «Todos me abandonaron… Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas(2 Tim 4, 16-18). Éste es un hombre a punto de ser sentenciado a muerte y aún así puede declarar que ‘el Señor estuvo a mi lado.’ ¡Qué experiencia de fe en Cristo la de Pablo para en ese estado de soledad y abandono ver la presencia del Señor. Es su experiencia de Dios tan real, tan fuerte, que declara: «El Señor me librará de todo mal y me preservará para su reino celestial»(2 Tim 4, 18).

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Rembrandt – St. Paul in prison

Estoy convencido de que si no hemos experimentado a Dios del mismo modo que lo hizo él, de una manera real y determinante en nuestra vida, es porque todavía no hemos creado el espacio para que Dios actúe. En el Evangelio, Jesús habla de cómo podemos crear espacio para Él: nuestra oración. El primer aspecto a tener en cuenta es que la oración no es una cuestión de palabras, de ser elocuente con Dios o de convencerlo de que en realidad somos buenos. Una vez superados algunos obstáculos para comenzar a orar, el aspecto fundamental para orar es la humildad. Una oración sin ella nos lleva a pensar que nuestras buenas obras o buenas intenciones nos hacen personas buenas; definiendo así nuestro ser exclusivamente por nuestras acciones, y correr el riesgo de volvernos autosuficientes y autocomplacientes. ¿Para qué va a tener necesidad de Dios una persona así? No se puede tener una relación cuando la otra está tan llena de sí misma. Todos somos soberbios. Todos tenemos motivos para aprender a ser humildes.

Sobre el tema de la humildad en la oración, podemos leer un maravilloso ejemplo en el clásico libro de espiritualidad “El Peregrino Ruso“. Este libro nos narra la historia de un hombre joven que quiere descubrir lo que él llama: “la oración del corazón”. En busca de esta auténtica experiencia de Dios en su vida, se embarca en un camino en el que conoce a diversos maestros espirituales que le dan consejo. Uno de esos primero maestros le dice que si quiere aprender a orar, debe primeramente poner atención a su actitud y cuidarse de llegar a la oración con humildad. El joven le responde: «Pero no tengo nada de qué ser soberbio: no soy famoso ni rico; soy tan solo un pobre peregrino». El maestro sonríe y le da unas palabras para la reflexión:

«Yo estoy lleno de orgullo y de sensualidad. Todos mis actos lo confirman. Si descubro algo bueno en mí, deseo ponerlo en evidencia o jactarme de ello delante de otros o complacerme interiormente por ello. Aunque externamente me presento como una persona humilde, sin embargo, lo atribuyo todo a mi propio esfuerzo y me miro a mí mismo como superior a los demás, o al menos no inferior. Si advierto una falta en mí, intento excusarla, la encubro diciendo: “Es que soy así” o “no es mi la culpa”. Me molesto con los que no me tratan con respeto y los considero incapaces de estimar a los demás. Me jacto de mis cualidades; miro mis fracasos en cualquier empeño los como un insulto personal. Murmuro y siento placer en la infelicidad de mis enemigos. Si persigo algún bien, es con el propósito de conseguir alabanzas, complacencia espiritual propia o consolación terrena. En una frase, hago continuamente un ídolo de mí mismo y le rindo culto ininterrumpidamente, buscando en todas las cosas el placer de los sentidos y alimento de mis pasiones sensuales y la lujuria».

El segundo aspecto es que la verdadera oración está centrada en Dios. El Señor debe estar en el centro de nuestra oración y en su foco. La oración es fruto de Su trabajo, Su acción. El Evangelio dice que el fariseo “oraba en su interior” (Lucas 18, 11), oraba para sí, se hablaba a sí mismo, y a sí mismo se buscaba engañar; no lograba conectar con Dios. Cuando oramos poniendo a Dios en el centro, nuestra oración se convierte en sí misma en un acto de adoración. Esta es la segunda cualidad de la oración auténtica: el reconocimiento de que yo soy Suyo, Su posesión, Su criatura, Su hijo. Nuestra oración, debe enfocarse en el Padre.

Mientras perseveremos en la creación de este espacio al que llamamos oración, Dios se hará más auténtico en nuestras vidas. San Agustín dice: «Concédeme la gracia de saber quién soy yo, y quién eres tú». Mientras esta relación con Dios crezca y se desarrolle, nuestras vidas se volverán más reales y profundas. Que la oración humilde de María nos dirija y nos muestre el modo de experimentar la misericordia de Dios a través de nuestra perseverancia en la oración para que, como Pablo, nuestra vida en Dios pueda ser más real.

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