morir o no morir

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La semana pasada reflexionábamos en torno a la historia de Zaqueo, ocurrida durante el camino de Jesús hacia Jerusalem. Al llegar Cristo a su destino, encontramos que las autoridades locales ya están conspirando contra Él, tendiéndole trampas en forma de preguntas. Primero, intentan atraparlo preguntándole de dónde proviene su autoridad, si  del Cielo o del Hombre. Como no cae en esta pregunta capciosa, le hacen otra. Esta vez, acerca de la legitimidad de pagar impuestos  al César. Se trata de una trampa compleja, puesto que si responde: «Sí, es legítimo», Jesús se posicionaría como un traidor a su gente y a su propia causa. Sin embargo, si responde que no lo es, entonces el Imperio Romano podría ver en ello una señal de instigación y proceder a castigarlo por ello, restándole autoridad; Jesús responde también a esta pregunta sin caer en la trampa. En el Evangelio de hoy, leemos una tercera cuestión planteada por los saduceos. ¿Existe la vida después de la muerte? ¿Hay una resurrección? Si Jesús contesta que la hay, estaría negando la Torá y colocándose en contra de la Ley; tomaría el lado de los fariseos. Si dice que no, negaría a los Profetas y se posicionaría junto a los saduceos. En cualquier caso, Jesús saldría perdiendo. La manera que tienen de plantear la pregunta es ridiculizar la creencia en la resurrección: ¿Qué pasaría si una mujer enviudara y se casara de nuevo varias veces en la vida?; ¿tendría, acaso, varios maridos en el cielo? Los imagino lanzando esas preguntas entre sonrisas de suficiencia y sarcasmo.

Ante estas tres estratagemas, Jesús responde de una manera notablemente creativa y desafiante. No cae en los argumentos y en la falsa lógica de aquellos que quieren atraparlo. En lugar de ello, les demuestra lo pequeña y nimia que es en realidad su comprensión de esos temas. Con su respuesta, Jesús muestra lo corto que se queda la visión de los saduceos sobre la resurrección y la vida después de la muerte: como una mera extensión de esta vida. Queriéndolo colocar en contra de la ley, Jesús termina usando las trampas saduceas en contra de aquellos: «No han leido lo que les fue dicho por Dios, “Soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”? Él no es el Dios de los muertos, sino el de los vivos» (Mt 22, 31-32). Como los saduceos, nosotros también podemos caer en el error de ver la vida de la resurrección como una extensión de ésta, o incluso, vivir en la práctica como si no existiera una vida después de la muerte o considerarla, en caso de existir, como algo abstracto y futuro. Podemos caer en esta visión especialmente si no reflexionamos lo suficiente en torno a los misterios de la Muerte, el Juicio, el Cielo, el Infierno, viviendo en la práctica como si esta vida es todo lo que realmente tenemos.

La primera lectura, tomada del libro de los Macabeos, nos cuenta una historia que ha resonando durante siglos. Un poco de contexto histórico nos ayudará a comprenderla con mayor claridad. Nos encontramos en un tiempo en el que los nuevos gobernadores tratan de imponer una vision griega del mundo a un Israel conquistado. Desmantelan y acaban con cualquier cosa de raiz judía; si algo parece tener un origen remotamente judio, es amenazado por la destrucción. Fueron tiempos muy difíciles para aquel pueblo. Por ejemplo, para un judio de tiempos bíblicos el lugar más bendito, lo más sagrado en sus vidas, era el Templo. Ahora, los mandatarios entraban en aquel templo y lo profanaban; les arrebataban su oro y las menorás, y sustituían sus símbolos por otros de origen pagano. Empezaron también a construir gimnasios donde la gente se ejercitaba desnuda, lo que representaba un acto enormemente ofensivo para los judios. En la lectura de hoy conocemos otra medida que los nuevos caudillos intentaron imponer: todo el mundo debía comer cerdo. Leemos cómo se captura a una madre judía y a sus siete hijos. Uno a uno los hijos son torturados para que renuncien a su fe. Uno a uno son asesinados delante de su madre; no podemos imaginar ni de cerca su sufrimiento. Aún así, esta los  apoya y motiva para permanecer y vivir en su fe, incluso en medio de aquel dolor y crueldad, incluso ante su terrible final. Como Jesús, en el Evangelio, a pesar de que su fe se ve ridiculizada, los hijos y la madre dan testimonio de su fe hasta sus últimas consecuencias.

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Martirio de santa Felicidad y sus hijos, Bérgamo, Italia

Veinte cristianos coptos fueron capturados hace un año por el grupo Isis. Fueron atados y llevados a una playa cercana. Allí se les obligó a arrodillase en la arena y fueron torturados para que renunciaran a su fe. Finalmente, los secuestradores sacaron sus funestas espadas y comenzaron a decapitar a los prisioneros. Estos secuestradores, uniformados de naranja para imitar los prisioneros de Isis de la bahía de Guantánamo, acabaron con la vida de cada uno de los cristianos. Se dice que su último grito fue la palabra “Jesús”. Veintiún hombres fueron asesinados ese día, pero solo veinte eran cristianos: el último de ellos no lo era. Se trataba de un hombre del Chad, acusado de trabajar y colaborar con cristianos. Cuando sus captores le preguntaron por qué estaba dispuesto a dar su vida, él respondió: «Su Dios es mi Dios», o dicho de otro modo: «he visto el testimonio que dan y he sido testigo de su día a día; su Dios es mi Dios». Fue decapitado con sus hermanos cristianos.

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Hace dos semanas, fue canonizado nuestro “santo más nuevo”, José Sánchez del Río, un muchacho mexicano de catorce años. Vivió durante la época de las guerras de los Cristeros, una etapa en la que el gobierno mexicano trató de imponer su ideología secularista sobre la fe de su pueblo. En aquellos terribles años, el Estado asesinó a monjas y sacerdotes en público, y se quemaron iglesias y conventos. José Sánchez era un muchacho joven que formaba parte del movimiento Cristero. No era un luchador, pero ayudaba en cuanto podía: transportaba llevaba el Santísimo Sacramento, cargaba medicina y llevaba información. El Gobierno consideró que había que dar una lección al movimiento Cristero. Capturaron a José Sánchez –recordemos, a sus catorce años- y comenzaron a torturarlo con el objetivo de hacerle renunciar a su fe. Al negarse, le desollaron las plantas de los pies y lo hicieron caminar durante kilómetros al cementerio. Lo pusieron de rodillas: una última advertencia para hacerle renegar de su fe. Y no lo hizo. Le dispararon, pero no fue un tiro mortal. Lo mantuvieron vivo para ordenarle una vez más: «Renuncia a tu fe!». No lo hizo. «¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva la Virgen de Guadalupe!», serían sus últimas palabras.

Hay un nexo común entre todos los secuestradores de estas historias: todos ellos creen que esta vida y todo lo que contiene, abarca toda la realidad; creen que este lapso de tiempo es todo lo que tenemos; y que todos deben aceptar este pensar. El lazo que une a todos los mártires de estas historias -la mujer y sus siete hijos, los cristianos coptos y José Sánchez- es la creencia en un reino superior, una vida después de la muerte, que hay vida después de mi muerte. La misma palabra mártir significa testigo; todos ellos son testigos de una realidad más profunda, de una dimensión más “real” que la percibida por nuestros sentidos. Se trata de algo que merece nuestra reflexión: Si esta vida es todo lo que realmente hay, lo único que tenemos, entonces debemos vivirla por sí misma; basar nuestra existencia en desarrollar nuestras carreras profesionales, sumar ceros a nuestra cuenta bancaria y aumentar nuestro número de likes en Instagram. Debemos perseguir todos los placeres que podamos mientras tengamos un corazón que lata. Pero, si esta vida no es todo lo que existe, si hay una vida y un juicio después de la muerte, entonces realmente debemos vivir nuestras vidas con nuestra mirada puesta en esa vida por venir. Si hay vida después de la muerte, entonces esta vida es realmente una oportunidad para comenzar a hacer presente aquello que es verdadero, bueno, bello y eterno. Si esta vida lo es todo, entonces la limosna o el ayuno, al igual que la castidad, la oración o los Santos Sacramentos, carecen de sentido. Pero si hay una vida después de la muerte, estas realidades son un anticipo, una pequeña muestra de esa otra vida que está por llegar. Dios es el Dios de los vivos, y podemos anticipar estos misterios ya aquí, en esta tierra.

San Ignacio consideró profundamente estas realidades y reflexionó sobre la idea de que la única manera de vivir esta vida “al máximo” es teniendo como referencia la vida por venir. Se preguntaba cuál era el sentido de esta vida terrena si somos creados para ser felices con Dios por toda la eternidad. Fue enfrentarse a esta cuestión lo que le llevó a escribir la primer reflexión para sus Ejercicios, llamada “Principio y Fundamento”. Este será el lente a través del cual ve San Ignacio toda “esta” vida.

El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor, y mediante esto, salvar su alma. Las otras cosas sobre la faz de la tierra han sido creadas para el hombre, para que le ayuden a conseguir el fin para el que ha sido creado. De donde se sigue que el hombre tanto debe usarlas cuanto le ayudan a lograr su fin, y tanto debe privarse de ellas cuanto se lo impidan. Por lo cual es necesario hacernos indiferentes, a todas las cosas creadas, en todo lo que cae bajo la libre determinación o elección y no nos está prohibido. De tal manera que, de nuestra parte, no queramos más salud que enfermedad; riqueza que pobreza; honor que deshonor; vida larga que corta y así en todo lo demás. Solamente deseando y eligiendo lo que más conduce al fin para el cual hemos sido creados. 

¿Debemos desear la salud, la riqueza o la fama? San Ignacio nos dice que podríamos, en la medida en que sirvieran para salvar nuestra alma, mientras nos ayudaran a glorificar a Dios más y más. Asimismo, el diezmo, la oración en ayunas, la castidad y los Santos Sacramentos tienen su lugar en esta vida. Somos creados para disfrutar de la plenitud de Dios, y estas prácticas nos ayudan a acercarnos a Él.

La Santísima Virgen María optó por responder y aceptar al don de la virginidad dando testimonio de la vida por venir. Recemos para que ella refuerce nuestra creencia en la resurrección y nos haga testigos de esa vida que está por llegar. Al final, somos nosotros los que elegimos responder a la llamada de Dios. La santidad y la virtud son elecciones personales. Elegimos responder a nuestro Padre en Cristo. Nuestra fe conforma todo lo que somos: nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestra vida familiar. ¡Que María nos muestre la sabiduría suficiente para responder a esta llamada de Vida Eterna!

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