tres excusas para no orar

Siempre me he preguntado cómo debe haber sido tener una conversación con Jesús, cara a cara; el sentarse y hablar con la persona más interesante, la más llena de vida, de verdad y sabiduría. ¿Qué le pediríamos? ¿Qué preguntas le haríamos? En el Evangelio de hoy escuchamos algunas preguntas que los Apóstoles le hacen, sobre algo que quieren aprender: cómo orar. El motivo para preguntar es muy simple: “Juan está enseñando a sus discípulos a orar, queremos que tú también nos enseñes” (Lc 11: 1). Podríamos preguntarnos, ¿qué habría en esa forma de orar de Jesús que les cautivó tanto como para querer aprenderlo? Debe de haber habido algo en la forma en que Jesús oró, tan atractiva para ellos, que querían orar precisamente de esa manera; vieron que, sea cual fuera la relación que Jesús tenía con Dios, con su Padre, ellos también la querían tener. Jesús les muestra cómo orar en forma del Padrenuestro. Reflexionemos un poco sobre la necesidad de la oración y asimismo acerca de la necesidad de estar en la conversación con el Padrenuestro. Veamos  algunas de las excusas que pueden presentarse cuando queremos, o tratamos, de orar.

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  1. Estoy muy ocupado.

Hay una gran cantidad de personas que se despierta a las 3:00 o 4:00 de la mañana y no precisamente para propósitos espirituales: lo hacen para ir al trabajo; para sostener a su familia; lo hacen por sus estudios, para su mejoramiento intelectual; lo hacen por deporte, para ganar medallas en los Juegos Olímpicos.

Recuerdo cuando estaba trabajando en el mundo empresarial en un puesto presión, orientado a objetivos y metas. Mi director espiritual me preguntó acerca de mi oración y estando “muy ocupado”, le dije: “yo trato de transformar todo mi día de trabajo en oración porque estoy demasiado ocupado para dedicar una cantidad fija de oración todos los días “. Nunca olvidaré su respuesta: “Mientras más activo y más intenso esté tu horario, mayor será la necesidad de reservar tiempo para la oración, la oración se vuelve más urgente”.

¿Cuál era la prioridad de Jesús? Los evangelios nos dicen que se despertaba temprano en la mañana para orar (Mc 1,35); que iría al monte de los Olivos, se retiraría con el fin de orar: Jesús busca y  se hace tiempo para orar; y hay razón para ello puesto que no hay nada mayor, nada más noble o sublime que el que una criatura hable con su Creador, “cara a cara,” el unir  ambos corazones en un mismo espíritu. Por lo tanto, estar “ocupado” es siempre una cuestión de prioridades: No hay nada más importante en nuestras vidas que la oración, nuestra relación con el Padre.

  1. La oración no hace mucho por mí” o “No saco nada de la oración.

¿Qué es la oración? ¿Es la oración el tratar de convencer a Dios de que nos dé algo que creemos necesitar o para quitar algo que sea perjudicial de nuestras vidas? Escuchamos en la primera lectura de Abraham hablando con Dios como si estuviera negociando, con Él (Gn 18: 20-32), tratando de convencer a Dios de no destruir Sodoma y Gomorra por los pocos justos que pudiera haber en esas ciudades. ¡Abraham está negociando con Dios! Parece como si estuviera tratando de convencerlo…Casi parece que Abraham fuera el misericordioso, intercediendo por los pocos hombres justos de Sodoma y Gomorra y tratando de contener la ira de Dios. Lo que realmente sucedía era que Dios estaba realizando un milagro mayor que el de no destruir estas dos ciudades. El milagro se llevaba a cabo en el corazón de Abraham. Dios se revela a sí mismo a Abraham como compasivo y misericordioso y, a través de la oración, estaba ampliando la capacidad de Abraham para la compasión: El misericordioso era Dios, dándose a Abraham.

El escritor británico C. S. Lewis cuidaba de su esposa enferma de cáncer. Aunque ya trataba de ser un hombre de oración, comenzó a orar más, y con mayor frecuencia. Uno de sus mejores amigos se acercó a él y le preguntó: “Clive, ¿crees que tu oración puede cambiar a Dios? Dios ya es perfecto. Él ya quiere lo que es bueno para ti; Él ya quiere que seas feliz, ¿Crees que vas a convencer a Dios de cambiar?” Después de reflexionar por un momento, C. S. Lewis dijo: “No, no lo creo. La oración no cambia a Dios. La oración me cambia a  “. La oración cambia nuestra mirada del mundo, mi mirada del sufrimiento, mi mirada de mí mismo y la de mis circunstancias. La oración no es un amuleto que tiene el poder de transformar todo a mi alrededor, como la magia. Dios no es un genio al que acudamos cuando necesitamos una solución instantánea de nuestras vicisitudes. Como se vió en el caso de Abraham, el milagro más grande de la oración es la transformación que tiene lugar en nuestro corazón.

  1. “La oración es aburrida,” o “No sé como rezar.

He aquí dos grandes excusas que, por desidia, nos podemos poner.

Estaba hablando con un amigo el otro día. Me contaba que registró a su hijo de 8 años de edad a un equipo de fútbol; le compró su pequeño uniforme, un pequeño balón de fútbol y sus taquitos nuevos. Practicaba con él, mostrándole algunos movimientos y pases. “Pero lo mejor es el juego en sí, verlo jugar,” me decía, “Es una delicia ver a tu hijo por primera vez poniendo en práctica los movimientos que le enseñaste en el campo. Le cometerán faltas y volverá a levantarse; anotará un gol o tal vez no”. Me podía imaginar perfectamente la masa de niños persiguiendo la pelota, sin orden ni estructura. Y luego, por supuesto, los más apasionados son los padres, gritando al árbitro y festejando en la multitud. «Después del partido –continuó– Mi niño corre hacia mí y empieza a contarme de nuevo todo lo sucedido en el partido. Pero, ¡deberías haber visto la expresión de su cara! Yo no le detuve y dije: “Sí, sí, vi todo el juego. De hecho, ¡lo vi mejor de lo que tú lo viste!” Yo simplemente estaba fascinado de escucharlo exagerar las jugadas y los pases, convirtiendo todo el juego en un acontecimiento épico!».

Entonces, ¿por qué oramos? En primer lugar, no oramos para informar a Dios de lo que ya sabe. Si eso fuera la oración, entonces claro que sería aburrida; la oración no sería más que una mera transacción de información. No, oramos porque somos hijos de Dios, porque de la misma manera en que el niño del fútbol tiene esa  conexión con su padre por medio del juego, nosotros también nos unimos con Nuestro Padre. No lo haces porque Él necesite saber y estar informado de los problemas por los que estás atravesando; no porque Él necesite saber lo feliz, triste, o abandonado que te sientes, sino porque quiere escucharte y tú necesitas contarle. Quiere escucharte a ti, su hijo, su hija. Él quiere conectarse y estar en unión, en comunión, con lo más profundo de tu espíritu humano: con tus goles y tus faltas, con tus sueños, tus caídas, tus alegrías y tus decepciones. La oración es una conversación con Dios y es la esperanza en acción de que tú no tienes que vivir tu vida solo, de que tú y yo podemos compartir nuestros dolores más profundos y las más grandes alegrías, sabiendo que nada pasa desapercibido en nuestra vida para nuestro Padre del Cielo.

Tú tienes esta Presencia que te acompaña en tu interior, una Presencia Santa que te observa con ternura y compasión y que está a la espera de uno de esos momentos para conectar contigo. Si no oramos todos los días, con disciplina y sin cesar (1Tes 5:16), sucumbiremos ante la tentación (Mt 26:41), perderemos esa paz de conocer y vivir nuestra vida siendo amados y vistos por un Padre. Si no oras, algo tan nimio como un coche que se atraviese delante de ti te quitará la paz, llegar tarde al trabajo, un problema familiar –cuando no los vivimos con nuestro Padre–, nos quitará nuestra paz. No es de extrañar que si tratamos de vivir nuestras vidas solos, solos caeremos.

Después de que mi director espiritual me desafiara a dar prioridad a la oración en mi vida, estaba resuelto a comenzar mi día con esta, pasara lo que pasara. Al principio pensé que nunca podría cumplirlo; y no fue fácil. Con el tiempo, terminó convirtiéndose en una pequeña rutina de mi vida, la más importante de mi mañana; puedo decir que esa es una de las mayores alegrías de mi día. Incluso cuando creo que no tengo la energía espiritual para orar, en los momentos en los que estoy demasiado caído o cansado, me acuerdo de que existe esa armonía en la vida que sólo la presencia de Dios nos puede dar. Así es como debe ser: somos sus hijos, somos sus hijas. Orar es encontrar ese propósito en el día a día de nuestra vida. Podemos utilizar la Escritura o usar libros espirituales para guiar nuestra oración pero muchas veces es sólo una cuestión de silencio, de contemplación.

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El aspecto más importante de la oración no es el fervor, estar lleno de emociones, que sintamos la presencia de Dios y que lloremos movidos por sentir el amor Dios. Estos tipos de oración son raros y distantes. El aspecto más importante de nuestra vida de oración es lo que Jesús dice a sus Apóstoles después de enseñarles el Padrenuestro, a través de una parábola.

Puede haberte sucedido a ti, después de un largo día de trabajo. Cuando estás acostado en el sofá, justo en la mitad de otro capítulo de tu serie favorita, se oye un golpe en la puerta. Te dices a ti mismo:  Seguro es el cartero, y se oye de nuevo.  Ah, seguramente es un vendedor de puerta-en-puerta. Voy a dejar que se vaya. Y suena una vez más. Después de la tercera o cuarta vez, ¡vas a la puerta solo para que paren de tocar! Toca, y la puerta se abrirá; busca, y encontrarás; Pide, y se te dará” (Lc 11, 9-10). En este punto Jesús nos revela la característica más necesaria, indispensable y esencial de la oración: tocar, tocar, y tocar. Se trata de la perseverancia, de que oremos todos los días y encontremos tiempo en nuestro día para conectar con nuestro Padre del Cielo. Dedicar un tiempo fijo diario a la oración es ya un acto de fe, es ya orar.

Después de tocar a la puerta de la oración, después de semanas o quizás meses, comenzarás a ver los frutos, comenzarás a ver que todo tu día se inunda de una paz que nadie en absoluto te puede quitar si no la entregas. Esta es la paz que Cristo da de manera que el mundo no la puede dar (Jn 14,27).

Que María, la Madre de todas las gracias, nos conceda la gracia de orar y perseverar en nuestra vida de oración; que podamos encontrar el tiempo para conversar con nuestro Padre Celestial y disfrutar del increíble regalo de la vida bajo su mirada.

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